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Razones poderosas para asumir el reto de evangelizar

Razones poderosas para asumir el reto de evangelizar

Madrugó como siempre al comienzo de cada mes. Antes que despuntara el alba estaba esperando turno en la fila, frente a las instalaciones del Seguro Social. Su drama comenzó cuando Rosa Torres de Pérez estuvo frente a la casilla de pago para pensionados.

Lo sentimos, señora Rosa. Esta vez no hay cheque para usted.— le dijo el empleado.

— ¿Y por qué razón? Cada mes recibo mi mesada aquí; no veo por qué ahora no me llega pago— reclamó la mujer.

El hombre no dijo nada. Tomó el documento de identidad y nuevamente digitó la numeración en el computador. Después de unos breves segundos que a ella le parecieron una eternidad, le dijo:

Según la base de datos, usted está muerta. Dice que usted falleció hace diecisiete días, en Bogotá. — , y se quedó mirándola fijamente.

Traumático. El mundo se hundió bajo sus pies. No podía creerlo. Una investigación más detallada reveló que un funcionario de la institución había leído un obituario con su nombre en un periódico dominical. Se dedicaba a identificar nombres en la sección de fallecimientos, para darles de baja en la base de datos del Seguro Social, al día siguiente.

Rosa Torres ha recorrido sinnúmero de oficinas en su país, tratando de comprobar que fue un error a partir del nombre de una persona con un nombre homónimo que falleció, y que pese a lo que señalan los funci0onarios, no está muerta sino respirando y en ejercicio de sus facultades, y con ganas de vivir muchos años más.

Irónico pero cierto. El relato va más allá y procura llevarnos a reflexionar en los cientos de personas que están vivas pero que ante el Estado no existen.

Piense ahora en los cientos de millones de personas que ve hoy día, con vidas físicas pero muertas espiritualmente. Lo más probable es que se perderán por la eternidad porque nadie les ha hablado del Evangelio transformador de Jesucristo.

¿Se ha preguntado cuántas almas se pierden?

Cada día millones de personas parten a la eternidad sin Jesucristo. De acuerdo con las Escrituras, estas personas irán a prisiones de oscuridad por siempre. Por ese motivo es imperativo compartir el Evangelio con todas las personas, como recomendó el apóstol Pablo: “Tú anuncia el mensaje de Dios en todo momento; anúncialo, aunque ese momento parezca ser el mejor. Muéstrale a la gente sus errores, corrígela y anímala; instrúyela con mucha paciencia” (2 Timoteo 4:2, Traducción en Lenguaje Actual)

Cuando estamos junto a alguien en el sistema de transporte, en una estación de servicio, mientras hace el mercado o espera turno en una fila, usted puede compartir acerca de las Buenas Nuevas de Jesucristo. Un breve diálogo y regalarle a alguien un folleto evangelístico puede marcar la diferencia del lugar donde él o ella pasarán por los siglos de los siglos.

El propio apóstol Pablo, pese a las acusaciones, persecuciones, burlas y críticas por su condición de creyente en el Señor Jesús, no desaprovechaba oportunidad para predicar. Le asistía una fe firme, comprometida, decidida y con fuerte arraigo que le llevó a escribir: “No me da vergüenza anunciar esta buena noticia. Gracias al poder de Dios todos los que escuchan y creen en Jesús son salvados; no importa si son judíos o no lo son” (Romanos 1:16, Traducción en Lenguaje Actual)

No podemos perder un minuto ni conformarnos con la comodidad de los templos. Es necesario movilizarnos para extender el Reino de Dios. Es una obsesión que nos lleva a pensar en todo momento en las almas. Yo lo denomino “sentido de la urgencia”. Preocuparnos porque no pase un día sin que al menos hayamos llevado una persona a los pies de Jesucristo.

Somos responsables por la negligencia

Es probable que en todos los ámbitos de liderazgo cristiano en los que nos desenvolvemos, hayamos escuchado sobre la necesidad de evangelizar. Probablemente pensamos que ya sabemos bastante del tema y una conferencia más puede resultar aburridora, o tal vez consideramos que siempre habrá oportunidad para hablar de Cristo. “Otro día será”, repetimos para justificar la actitud negligente en el compromiso que tenemos con la Gran Comisión. Y –para ser sinceros— no sabemos si habrá un mañana.

Usted y yo tenemos una enorme responsabilidad por cada alma que se pierde. El profeta Ezequiel deja claro este aspecto cuando escribe de parte de Dios: “Si yo anuncio a alguien que va a morir por causa de su mala conducta, y tú se lo adviertes, esa persona morirá por causa de su pecado, pero el culpable de su muerte serás tú. En cambio si tú le adviertes que debe apartarse del mal, y no te hace caso, esa persona morirá por causa de su pecado, pero tú no serás culpable de nada” (Ezequiel 3:18, 19, Traducción en Lenguaje Actual)

No podemos eludir esa responsabilidad. Es una disyuntiva específica: O asumimos el reto de compartir el Evangelio entre millares de personas que son potenciales candidatas a la perdición eterna, o les compartimos las Buenas Nuevas de Jesucristo, contribuyendo a su salvación eterna.

No podemos olvidar jamás esa maravillosa parábola que compartió el Señor Jesús: “¿Qué hará una mujer que, con mucho cuidado ha guardado diez monedas, y de pronto se da cuenta de que ha perdido una de ellas? De inmediato prenderá las luces y se pondrá a barrer la casa, y buscará en todos los rincones hasta encontrarla, y cuando la encuentre, invitará a sus amigas y vecinas y les dirá:<<¡Vengan a mi casa y alégrense conmigo! ¡Ya encontré la moneda que había perdido!>> De la misma manera, los ángeles de Dios hacen fiesta cuando alguien vuelve a Dios. ” (Lucas 15:8-10, Traducción en Lenguaje Actual)

Parece irónico: hay alegría en los cielos y, ¿qué hay entonces en la presencia de Dios cuando los cristianos se tornan renuentes en su compromiso de evangelizar?

Si la Palabra le habló hoy, pregúntese: ¿Qué compromiso estoy asumiendo en la tarea de evangelizar? Si describe que hasta el momento ha asumido una actitud pasiva, es hora de que –con la ayuda del Señor Jesús— comience a compartir las Buenas Nuevas de Salvación con las personas que interactúan diariamente con usted. La decisión, disposición y compromiso que asuma, marcarán la diferencia.


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