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No repita la misma historia familiar con un final triste

No repita la misma historia familiar con un final triste

Fue un relato muy humano con un final triste. La protagonista: una adolescente de quince años, condenada en Estados Unidos a morir en la cámara de gas por dar muerte a un ex amante. El nombre del filme: “Demasiado joven para morir”. Recién estrenada fue una de las películas más taquilleras, en Estados Unidos y Europa.

La trama inicia con la captura de la chica. En desarrollo de las escenas, el cineasta puede apreciar que, de un lado fue abandonada por su madre, de otra parte, salió en busca de oportunidades y cayó en manos de un proxeneta, y como si el argumento fuera liviano, la jovencita se enamora de un militar del que, pocos meses después, se separa para regresar al mundo de prostitución del que creía haber huido a tiempo.

En una concatenación de odios, desilusiones y adicción a las drogas, se desencadena una muerte trágica por la que es condenada a la pena máxima.

Amanda o Mandy, como se identifica al personaje central del largometraje, es la réplica de una juventud aislada de sus padres, porque cada quien tiene su propia ocupación y nadie se preocupa de nadie. Cada día están mas distantes, aún viviendo en un espacio tan reducido como es un apartamento o una casa...

La familia: una preocupación de siempre...

Históricamente el hombre ha hablado de la familia. Lo hizo incluso el filósofo griego Aristóteles (384-322) quien predicaba a los seguidores, en su lejana Grecia, que la familia toma su esencia de la misma naturaleza, y que el hombre tiene una inclinación natural a vivir en sociedad y por supuesto en familia. Sin embargo, postulados así no dejan de ser meras palabras. Se habla muy bonito pero se práctica poco...

Curiosamente conforme llega la modernidad, los padres se aíslan de los hijos. Y delante de Dios no está bien. Nuestro hogar debe ser objeto de particular cuidado, tal como lo recomendó el apóstol Pablo: “Manda también estas cosas, para que sean irreprensibles; porque si alguno no provee para los suyos, y mayormente para los de su casa, ha negado la fe, y es peor que un incrédulo” (1 Timoteo 5:7, 8) .

De nada vale tener una casa cómoda, un auto lujoso y una posición social respetable, si no tenemos familia.

Y nuestro núcleo se fortalece tomando tiempo para hablar con los hijos, para dialogar con el cónyuge, para consultar las decisiones que atañen a todos, para escuchar sugerencias e inquietudes. Sólo de esta manera podremos reflejar a Jesucristo en el mundo, no como ocurre con muchas personas que hablan del amor de Dios pero en sus hogares experimentan un verdadero infierno.

Animo... ¡Es hora de comenzar a fortalecer los lazos de la familia!

Si Cristo Jesús no gobierna su hogar, hoy es el día para que le abra las puertas. Podemos asegurarle que es la mejor decisión que jamás pueda tomar. Reciba a Cristo en su familia.


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